La irreverencia que no le es permitida a un hombre negro, pero sí al blanco/mestizo

La irreverencia que no le es permitida a un hombre negro, pero sí al blanco/mestizo

Por:  Jonh Jak Becerra 

Introducción

En el entramado social de América Latina —y, en general, de Occidente— la irreverencia no se juzga con el mismo rasero. Cuando el gesto desafiante, el humor ácido, la indisciplina o la crítica abierta provienen de un cuerpo blanco/mestizo, suelen leerse como actos de ingenio, carisma o genialidad. Pero cuando provienen de un sujeto negro/afro, la narrativa cambia: se convierten en desobediencia, en amenaza, en “falta de disciplina” o en una supuesta incapacidad de adaptarse a las normas sociales. Esta diferencia no es anecdótica ni individual, sino expresión de un racismo sistémico que, como advierten Stuart Hall, Frantz Fanon y bell hooks, atraviesa la cultura popular y la forma en que se construyen los imaginarios sobre la raza.


Cultura, raza e irreverencia

Stuart Hall planteó que lo negro en la cultura popular es un significante político que interpela, incomoda y desafía la hegemonía blanca. Por ello, la irreverencia de las personas negras es sistemáticamente patologizada. Mientras tanto, la irreverencia blanca, aun cuando se manifieste en los mismos actos, se traduce en creatividad y libertad. Achille Mbembe diría que allí opera la “blanquitud” como dispositivo de poder: autoriza, perdona y normaliza a los unos, mientras sanciona y estigmatiza a los otros.

La blanquitud, en palabras de Ta-Nehisi Coates, funciona como un escudo cultural que garantiza impunidad simbólica y material. Así, el gesto irreverente de un hombre negro se convierte en una amenaza para el orden racial; el mismo gesto, en un blanco/mestizo, se celebra como expresión de autenticidad.


El caso colombiano: entre el fútbol y la prensa

Tomemos como ejemplo el fútbol colombiano. Cuando Dairon Moreno, futbolista blanco/mestizo, muestra actitudes de indisciplina o irreverencia, la prensa tiende a narrarlo bajo el prisma de la tolerancia, casi como un rasgo pintoresco. Pero, ¿qué sucedería si se tratara de un jugador negro/afro? La respuesta la tenemos en la historia reciente: Jhon Durán o Albeiro “El Palomo” Usuriaga fueron señalados, estigmatizados y reducidos a una narrativa de indisciplina que se extendió como sombra sobre sus carreras.

La irreverencia negra incomoda porque desafía la blanquitud criolla, que ha construido un molde de “buena conducta” al que los negros deben adaptarse para ser tolerados. Cuando ese molde se rompe, emerge la criminalización simbólica. Fanon advertía que el cuerpo negro siempre está sobredeterminado por el racismo: nunca es solo un cuerpo, es un significante político que carga con la sospecha y el estigma.


Un fenómeno global

El caso no es exclusivo de Colombia ni de Latinoamérica. Ocurre en todo Occidente. Veamos algunos ejemplos:

  • Celebraciones deportivas: Victor Osimhen fue amonestado por bailar una danza cultural; Olivier Giroud, en cambio, fue elogiado por una celebración similar.
  • Activismo racial: Marcus Rashford fue criticado por “politizar el fútbol”; Jordan Henderson fue celebrado por apoyar Black Lives Matter.
  • Expresiones de estilo: Paul Pogba es tachado de “extravagante”; Zlatan Ibrahimović, por gestos semejantes, es considerado “carismático”.
  • Humor racial: Dave Chappelle ha sido acusado de “resentido”; Ricky Gervais, en cambio, es aplaudido por su “humor audaz”.

El patrón es claro: el privilegio blanco permite que la irreverencia sea leída como aporte cultural, mientras la irreverencia negra es castigada como amenaza al orden social.


La narrativa invertida: el caso Cristiano Ronaldo 

Un ejemplo paradigmático es Cristiano Ronaldo. Su narcisismo y actitudes egocéntricas han sido objeto de críticas, sí, pero nunca lo colocaron en la posición de amenaza radical. Ahora bien, si esas mismas actitudes hubiesen sido encarnadas por un jugador negro, el relato sería otro: arrogancia peligrosa, falta de humildad, incapacidad de encajar. El caso del delantero Eder —autor del gol que dio la Eurocopa a Portugal— es revelador: su irreverencia frente al “dios” Ronaldo le costó el ostracismo.


La irreverencia negra como resistencia

Audre Lorde sostenía que los actos de expresión negra no son simples gestos individuales, sino intervenciones políticas que desestabilizan un sistema que exige obediencia. Bell hooks, en la misma línea, recordaba que la cultura popular es campo de batalla: lo negro se consume y se admira cuando está domesticado, pero se demoniza cuando desafía el control blanco.

Por ello, la irreverencia negra no es solo actitud: es resistencia cultural frente a un sistema que exige sumisión. Allí radica el nudo: lo que en un blanco/mestizo se celebra como rebeldía creativa, en un negro se teme como insurrección peligrosa.


Conclusión 

La irreverencia no es un gesto neutro: es leída a través del prisma racial que jerarquiza los cuerpos. En la blanquitud criolla y global, el hombre blanco/mestizo goza de un margen de libertad que le permite ser irreverente sin consecuencias graves. En contraste, el hombre y mujer negro/afro vive bajo la lupa del racismo sistémico, donde cualquier acto de disidencia se convierte en prueba de “indisciplina” o “amenaza”.

Así, lo que está en juego no es la irreverencia en sí, sino el poder de nombrar, interpretar y castigar. Y mientras ese poder permanezca en manos de la blanquitud, la irreverencia negra seguirá siendo el espejo que revela las hipocresías del racismo contemporáneo.

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